Séptima época

    CDLXXI
    Quiero encontrar
a una mujer distinta
que crea en los sueños
y mostrarle
su trono de princesa.
    Quiero descubrir
a esa dama sin miedos
que no piense
en finales tristes
sino en horizontes por venir.
    Quiero luchar
batirme en duelos justos,
derrotar a las quimeras,
conquistar a los dragones
y alcanzar su alma.

    CDLXXII
    Tan sólo el blanco
que viaja entre estrellas
sin ningún límite,
descubriendo el viento
que agita las crines,
que brilla en los ojos negros;
llegando tan lejos
que el silencio ordena
los espacios libres
y sólo se escucha
el corazón que late
y una hoja cayendo.

    CDLXXIII
    Delante de mí,
los ojos funestos,
el aliento oscuro
y gritos aciagos
reclamando mi carne.
    Alzo mi espada
que brilla en la noche
de sus múltiples pupilas
fijadas en mí,
deseando mi sangre.
    Tiembla mi mano
y sé la respuesta
pero es dura,
le doy la espalda
y lo olvido todo.

    CDLXXIV
    En la distancia,
coronada de hojas,
de flores blancas
en un dulce baile.
    Bajo la luna llena,
sonriendo al aire,
sus ojos castaños
llenos de vida.
    Siempre lejos,
ignoto el camino
donde compartir
la misteriosa danza.

    CDLXXV
    Su piel mojada,
los cabellos castaños
sobre sus blancos hombros.
    Acercándose lentamente,
sus tobillos en el agua
dibujando pequeñas olas.
    Sus manos tendidas
buscando las caricias
de una mano firme
hasta encontrar el roce
cálido, firme, seguro
del hombre buscado.

    CDLXXVI
    Enfrentados,
buscándose las miradas,
sonriéndose en silencio
sin ser conscientes.
    Por encima
de voces sin versos,
las pupilas marcan
dos ritmos perfectos.
    Sólo sueños
hasta que lleguen labios
que hagan reales
los que ya son ciertos.

    CDLXXVII
    Quisiera saberlo,
conocer el instante
que sigue al ahora
sin haber transcurrido.
    Quisiera no temer
la verdad futura
pues el oráculo
me la ha revelado.
    Temo equivocarme,
temo el dolor,
temo seguir solo,
siempre solo.

    CDLXXVIII
    Esta mañana
mis labios han buscado
tu rostro suave,
ese rostro hermoso
que nunca he tocado.
    En la penumbra
he trazado con los dedos
las líneas dulces
de los sueños blancos,
de los días perfectos.
    Mas todo queda
en el aire frío
desvaneciéndose
en la luz del día
como ocurre siempre.

    CDLXXIX
    Cruzando el bosque,
bebiendo en cascadas
un sueño blanco
completamente libre.
    Los cascos hendidos
repican las piedras,
suena una música
acompañada de viento.
    Una llama eterna
entre los ojos negros,
una marca noble
del alma celeste.

    CDLXXX
    La mirada férrea
surgiendo
de la ígnea tumba
reclamando la vida.
    Las alas cobrizas
elevándose
de la misma ignorancia,
del mismo miedo.
    Y una voz poderosa
dictando
el único camino:
su propio destino.

    CDLXXXI
    En lluvia pienso
en momentos que dejé,
en ilusiones que perdí.
    Dejo que el agua entre
sólo para volver al pasado
que no sé si existió
y el dolor regresa
haciendo que el agua
habite dentro y fuera.
    Lavo toda mi ropa,
harapos de tiempo maltrecho,
en cada fría lágrima
y pretendo el olvido
y alcanzo la paz
cuando sale el sol.

    CDLXXXII
    Si las palabras no nos sirven, 
olvidemos las letras
porque no tienen sentido.
    Si no podemos vernos
como de verdad somos,
cerremos los ojos un instante.
    Si hay tantos miedos
que nos atan las manos,
confiemos en las miradas
y busquemos el silencio,
transparente y sin nudos,
donde podemos encontrarnos.

    CDLXXXIII
    Caminaba en la noche,
tropezando, cayendo
tantas y tantas veces
que algunos días
sólo anduve arrodillado
sin fuerza ninguna.
    Busqué tanto tiempo
que creí imposible
ser feliz para siempre
pero por fin hallé
tu luz inmensa
que alejó mis tinieblas.

    CDLXXXIV
    Ahora quisiera
no estar escribiendo,
ideando imágenes
en tinta azul.
    Desearía encontrarme
a tanta distancia
que no hubiera aire
donde escuchar el silencio.
    Necesitaría hallarme
en la curva de esos brazos
donde descubrir los susurros
que los miedos han sustraído.

    CDLXXXV
    Con los cabellos mojados
y el rostro en el cielo,
una sincera sonrisa
en sus labios y en sus ojos.
    Girando suavemente
con las palmas abiertas
sin sentir el frío,
tan sólo las caricias.
    El paso de un baile
nunca aprendido
simplemente inspirado
por la madre absoluta.
    Luego, un silencio,
cálidas telas blancas,
sintiendo en las manos
una taza solitaria,
descubriendo los momentos
que siempre importan.

    CDLXXXVI
    En este paseo
que ahora tomamos
y no tiene prisa,
esperamos pacientes
al momento que importa.
    La dulzura única
del sueño presente
rendido a las caricias,
a los breves roces,
al sincero afecto.
    Bajo el cedro alto,
traído con alas
de manos reales,
he conjurado al futuro
para que no aparezca.

    CDLXXXVII
    De regreso,
en pasos nocturnos,
a la hora tardía
en la que la ciencia
olvida sus leyes.
    A mi lado,
silencio de aire
vapores húmedos
y frío de hojas
con aromas térreos.
    Luces verdes,
azules en distancia,
calor amarillo:
es hora de duendes,
es tiempo de magia.

    CDLXXXVIII
    He visto lejos,
con ojos distintos
que tú no entiendes.
    Más allá de esta mesa,
de los papeles escritos
y de nuestra discordia.
    Sé que confundes
mis torpes palabras
y crees que es mi juego.
    Sin embargo,
solamente quiero
que aprendas y vivas.

    CDLXXXIX
    Tus palabras son pétalos
de graves margaritas
que decoran mis dudas
cuando estoy tan solo.
    En silencio deshojo
todas nuestras frases
pero no comprendo nada:
se los lleva el viento.
    Busco las respuestas
dentro, fuera, cerca, lejos...
aunque tan sólo anhelo
encontrarte a mi lado.

    CDXC
    Es esta luna
la misma que tú miras
en estos momentos.
    Una luz blanca,
siempre tan etérea
que tiñe de sueños
esas miradas perdidas
en la noche inmensa
tras el frío cristal.
    Sí, estamos lejos
y lo que nos une
no está en el cielo.

    CDXCI
    Mis palabras son torpes,
mis gestos vacilan,
tiemblan mis manos
y los labios tropiezan.
    Quiero entregar
mi alma perdida
esperando sea
digna de mi diosa.
    Y en cada encuentro
descubro el valor
del tiempo pasando
y espero no sea tarde.

    CDXCII
    Estoy maldito,
siempre tan solo,
sin nadie.
    Toda palabra,
es siempre inútil,
no alcanzo
nunca la luz
de las estrellas
que guían.
    De nuevo intento
cruzar el límite
verter
la dulce copa
mas solo logro
silencios.
Quizá algún día
aprenda el sino:
sin nadie.

    CDXCIII
    Tus manos temblorosas
recogidas en las mías
y la mirada brillante
alzándose lentamente.
    Tu cuerpo cercano
que mi brazo sostiene
y tus dedos que buscan
hombros donde apoyarse.
    Tu mejilla en el dorso
de mi mano es tan suave
y cierras los párpados
en el roce de unos labios.
    Tu cuerpo cálido
me rodea con fuerza
y no hay distancias,
tan sólo encuentros.

    CDXCIV
    Apenas un paso,
un espacio vacío
lleno de palabras
que crean un mundo
para sólo dos.
    Un paso inmenso
lleno de tinieblas
creadas en silencios,
pobladas de fantasmas
que atan las manos.
    Un paso sólo
pero hay tanto miedo
a perder el pie
que el futuro muere:
ya no hay génesis.

    CDXCV
    La tarde cayendo,
pero no importa:
las palabras se oyen,
los gestos se adivinan.
    Tan sólo dos,
y aunque hubiera otros,
una niebla de olvido
cubriría sus voces.
    El tiempo no importa,
la noche llega
pero no es un astro
lo que cerca brilla.

    CDXCVI
    Estás lejos,
demasiado lejos
para mis pobres frases,
para mis torpes gestos.
    Tanta distancia
que mi voz se pierde
en las nubes eléctricas,
en el viento travieso.
    Quizá lejos,
pero juro
hallar los caminos,
descubrir el encuentro.

    CDXCVII
    Has subido al árbol,
escalado cada rama
en la oscuridad
de esta intensa noche
y llamado en voz queda
a ese postigo verde.
    Han pasado los instantes
en silencio encadenados
y has repetido varias veces
la palabra más preciada;
tan solo la luna
la ha escuchado.
    Y tu garganta seca
ha guardado tus versos
de trovador maldito
y lágrimas saladas
han acompañado
tu vuelta a casa.

    CDXCVIII
    Es de noche,
un sol apagado,
otros lejanos brillan;
no está oscuro.
    Noche helada,
mejillas sonrosadas
y viento que despierta;
no hace frío.
    Noche solitaria,
regreso en silencio,
pasos lentos;
no hay tristeza.
    Puede haber noches
oscuras, frías, tristes
pero habrá almas
que no lo sientan.

    CDXCIX
    Nunca el tiempo es perdido,
cada instante precioso
es preciso para poder lograr
un sentido exacto, completo
a lo vivido, a lo soñado.
    Hay veces que deseo
haber transformado el tiempo
en cadenas distintas
a las que marqué aquel día
o en esta hora cercana.
    Pero todas las otras veces
me doy cuenta del valor
de los segundos perdidos
y ahora tan sólo busco
en cada instante que pasa
estar a gusto conmigo.

    D
    He aprendido
el valor de las distancias
que muchas veces
no se encuentra
en los caminos,
en los mapas
sino en las palabras,
en frases tan duras
que hielan,
que atraviesan,
que duelen tan hondo
como una sola lágrima,
como el llanto de un niño.
    He aprendido
el valor de las horas
que muchas veces
no se encuentra
en las muñecas,
en las torres
sino en las palabras
en frases tan severas
que gravan,
que limitan,
que duelen profundamente
como una mirada,
como un silencio.
    Por eso busco
derrotar al cosmos,
confinarlo,
de forma que sólo
haya un lugar: aquí;
un solo tiempo: ahora.